
Mi nombre es Aurelio. No, no es el nombre que está inscrito en el registro civil actual, ni el que aparecería en un documento de identidad, si acaso conservara uno. Mi nombre es el que susurra el viento entre los cipreses de la colina que corona mi hogar, la Villa d’Argento. Es el nombre grabado, ya casi ilegible, en la losa de mármol de un cementerio olvidado a pocos kilómetros de aquí.
He estado muerto durante… no sé cuánto tiempo. El tiempo aquí arriba, en las colinas de la Toscana, es diferente. Se estira y se retuerce como la hiedra que devora mis muros. Mis días, si es que así puedo llamarlos, son una larga, interminable espera. Una espera puntuada por la luz que se filtra a través de mi ventana, la vidriera de colores que diseñé yo mismo, una red de geometría ámbar y púrpura que tamiza el sol del mediodía y lo convierte en un caleidoscopio que baila en los rincones más polvorientos.
Era mi orgullo. Pasé meses eligiendo cada pieza de vidrio, cada tono de amarillo, cada matiz de amatista. Quería que el sol de Italia no solo entrara, sino que cantara dentro de mi casa. Y cantaba. Canta todavía, aunque ahora nadie escucha.
Y luego estaban mis cosas. Mis preciosas, silenciosas cosas. Mi colección de recuerdos, mi rincón de paz. La silla de mimbre donde leía, las cartas arrugadas que ya no puedo abrir, el frutero que una vez contuvo higos frescos y ahora solo es un recipiente para el polvo. Y la máquina de escribir Olivetti, la compañera de mis noches más productivas. Aún puedo oír su rítmico traqueteo, aunque sus teclas estén ahora pegadas por la suciedad. Y el retrato. Mi amado Elvis. El Rey del Rock and Roll. Su sonrisa perfecta, congelada en un marco polvoriento, siempre me daba ánimos. Mi vida era sencilla, rodeada de belleza y silencio.
Hasta que empezaron a llegar.
Al principio fueron pocos. Un par de jóvenes excursionistas con mochilas que se perdieron. Entraron por una ventana rota, curiosos y cautelosos. Se quedaron unos minutos, fascinados por la vidriera, y se fueron. No me importó. Me aburría.
Pero luego, la cosa cambió. Supongo que fue por internet. Un blog de «lugares abandonados», un vídeo de «exploradores urbanos». Mi Villa d’Argento, mi santuario, mi secreto, fue expuesto al mundo.
Y entonces se llenó de ellos.
Llegaban en oleadas. Grupos de amigos riendo ruidosamente, parejas de enamorados buscando una foto «alternativa», fotógrafos autoproclamados con trípodes y equipos que ocupaban más espacio que mi propia sala de estar. No respetaban nada. Tocaban mis libros, abrían mis cajones, se reían de mis gustos, como si mi vida hubiera sido un decorado para sus malditas redes sociales.
Y, sobre todo, no paraban de hacer fotos. Flash, flash, flash. El destello de sus cámaras era como una bofetada a mi amado crepúsculo. Rompía el patrón de mi vidriera. Hacía que la luz, antes suave y mágica, se volviera cruda, mecánica y sin alma. Se fotografiaban en mi silla de mimbre, fingiendo leer mis cartas. Ponían poses ridículas frente a mi máquina de escribir, haciendo como que escribían una novela. Y se reían de mi retrato de Elvis.
Me dolía. Más de lo que había creído posible para alguien sin cuerpo. Mi rabia, acumulada durante décadas de soledad interrumpida, se convirtió en algo denso y oscuro. Un nudo frío en el centro de mi ser inmaterial.
Decidí que ya era suficiente. No eran bienvenidos. No en mi casa. No bajo mi vidriera.
Hoy, un grupo nuevo ha llegado. Son tres. Dos hombres y una mujer. Tienen cámaras con lentes gigantes y un trípode que se extiende como un insecto metálico. Hablan en un idioma que no reconozco del todo, pero su falta de respeto es universal. La mujer se sienta en mi silla de mimbre, sonriendo a la cámara de uno de sus compañeros.
—¡Es tan «vintage»! —dice, en un inglés forzado.
Me acerco a ella, una sombra en la sombra. Siento cómo mi voluntad se concentra, cómo mi ser inmaterial se condensa. Mi rabia es mi combustible.
Empiezo suave. Justo cuando el fotógrafo va a presionar el obturador, soplo en el cuello de la mujer. Un soplo helado, directo de mi tumba. Ella se estremece, se lleva una mano al cuello y mira a su alrededor, confusa.
—¿Sintieron eso? —pregunta.
—Es solo una corriente de aire, amor —dice el fotógrafo, preparando otro disparo.
Vuelven a su pose. Yo me concentro en la máquina de escribir. Sus teclas polvorientas son mis nuevas amigas. Con un esfuerzo que casi me desgarra, presiono la tecla ‘R’. Clac.
El sonido es metálico, seco y asombrosamente alto en la habitación silenciosa. Los tres se quedan helados. Se giran lentamente hacia la Olivetti. Nada se mueve.
—¿Qué fue eso? —susurra la mujer, con voz temblorosa.
—Solo un ruido de la casa, una viga cediendo —dice el segundo hombre, aunque su voz no es muy firme.
Vuelven a sus fotos, pero ya no se ríen. La mujer se ve nerviosa. Me muevo detrás del retrato de Elvis. Me concentro en él, en su sonrisa inmutable. Empiezo a hacerlo temblar. El marco se mueve ligeramente contra la pared. El reflejo de la luz de la vidriera en el cristal parpadea.
El segundo hombre lo ve. Se queda con la boca abierta.
—Chicos, miren el cuadro. Se está moviendo.
Los otros dos se giran. El retrato de Elvis tiembla con más fuerza. La vidriera, mi amada vidriera, parece pulsar con una luz enferma, un amarillo sucio y un púrpura fangoso, no los tonos puros que diseñé. La luz que entra es ahora turbia, opaca.
La rabia me inunda. Todo mi ser se concentra en este momento. Me manifiesto. No como el hombre que fui, sino como la esencia de esta casa. Una masa de sombras oscuras, de polvo flotante, de recuerdos rotos y de puro, inmaculado odio.
La vidriera se rompe con un estallido sonoro. Los fragmentos de vidrio ámbar y púrpura llueven sobre ellos, brillando como joyas rotas en la luz mortecina. La silla de mimbre se vuelca. La máquina de escribir Olivetti se enciende, y sus teclas empiezan a traquetear frenéticamente, una tras otra, imprimiendo un mensaje ininteligible pero lleno de violencia. Las cartas se elevan en el aire, arremolinándose como hojas muertas.
Y yo aparezco. Soy una cara, mi cara, pero deformada, con ojos vacíos que son agujeros a un abismo de soledad y muerte. Mis manos se estiran hacia ellos, largas y translúcidas, como garras de humo frío. Grito. No un grito humano, sino un aullido de rabia que resuena en las paredes de la villa, un sonido que sabe a piedra húmeda, a tierra de cementerio y a desesperación.
Los tres gritan. Sus cámaras caen al suelo. Sus expresiones de «curiosidad aventurera» se convierten en terror puro, animal. Corren hacia la puerta, tropezando entre ellos, perdiendo el aliento, sus ojos llenos de una imagen que nunca olvidarán.
La puerta se cierra de golpe tras ellos. El silencio vuelve a reinar. Pero no es el silencio de antes. Es un silencio tenso, expectante, roto solo por el traqueteo final de la Olivetti, que por fin se detiene, y por el sonido suave de las cartas que vuelven a posarse en el suelo.
La vidriera está rota. Mi obra maestra, destruida. El retrato de Elvis está boca abajo en el suelo. Pero no me importa. La Villa d’Argento vuelve a ser mía. Y sé que pasarán muchas, muchas noches antes de que nadie se atreva a volver. Y si lo hacen, yo estaré aquí, esperando. Porque yo soy Aurelio, y esta es mi casa. Y no se aceptan visitantes.
Me retiro a la vidriera rota, observando la luz del sol que ahora entra con una fuerza cruda y dolorosa, pero libre de intrusos. Sonrío. No con la sonrisa polvorienta de Elvis, sino con la mía, una sonrisa de triunfo frío, grabado en la eternidad.









Fotos: Mario Alfonso
Texto: Eva Saez
Localizacion: Italia, cerca de Roma, viaje Agosto 2026


Precioso relato, cargado de sentimientos hacia las cosas bellas que un día fueron, y tristemente desaparecieron por la dejadez, el vandalismo y la falta de respeto de los que nos hacemos llamar seres humanos.
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